A 50 AÑOS DEL BY-PASS

Recordamos al Dortor René Favaloro, egresado de nuestra facultad.

favaloro

 

Corría el año 1967, más precisamente el 9 de Mayo, cuando un simple acto médico, que había tenido algunos ensayos previos, se constituyó en una de las herramientas fundamentales en el tratamiento de la enfermedad coronaria.

 

La simple idea de utilizar un segmento de vena periférica para sortear una obstrucción arterial que se practicaba a nivel de la arteria renal, fue trasladada a resolver obstrucciones coronarias.

 

Así nacía el by-pass o puente aorto-coronario, este ensayo se aplicaba en una mujer de 59 años en quién se había comprobado un obstrucción de la arteria coronaria derecha, en la Cleveland Clinic, Cleveland, Ohio, EEUU.

 

El impacto que la utilización de la técnica ha tenido en el manejo de la enfermedad coronaria en estos 50 años adquirió una magnitud inimaginable en ese momento.

 

Pero a este hito en el manejo de esta enfermedad se agrega la significación que la puesta en marcha del mismo es llevada a cabo por un médico argentino que había llegado a Cleveland 6 años antes para completar su formación como cirujano de tórax. A este valor agregado debemos sumarle que el Dr René Favaloro, el argentino que aplica la técnica referida, había egresado de nuestra Facultad en el año 1949.

 

Luego de desarrollar varios años su actividad como médico rural en Jacinto Arauz, la Pampa, y sin dejar de concurrir asiduamente a actividades académicas en nuestra ciudad, guiado por otro de nuestros maestros el Por. José María Mainetti, emigra a EEUU para completar su formación como fue mencionado.

 

En este recordatorio al cumplirse los primeros 50 años del by-pass aorto-coronario la Facultad de Ciencias Médicas se siente orgullosa de que uno de sus egresados haya dejado esta impronta para mejorar la calidad de vida de la población en el mundo entero.

 

 

BREVE RESEÑA HISTÒRICA DE SU PASO POR LA FACULTAD DE CIENCIAS MÈDICAS DE LA UNLP

 

En 1941, al finalizar la escuela secundaria ingresó en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata. En el tercer año comenzó las concurrencias al Hospital Policlínico y con ellas se acrecentó su vocación al tomar contacto por primera vez con los pacientes. Nunca se limitaba a cumplir con lo requerido por el programa, ya que, por las tardes, volvía para ver la evolución de los pacientes y conversar con ellos.

 

Mientras cursaba las materias correspondientes a su año, se entremezclaba con los alumnos de sexto año de las cátedras de Rodolfo Rossi o Egidio Mazzei, ambos titulares de Clínica Médica. También se escapaba a presenciar las operaciones de los profesores José María Mainetti, de quien captó su espíritu renovador, y Federico E. B. Christmann, de quien aprendió la simplificación y estandarización que aplicaría después a la cirugía cardiovascular, quizás la mayor contribución de Favaloro a las operaciones sobre el corazón y los grandes vasos. Sería Christmann quien diría, no sin razón, que para ser un buen cirujano había que ser un buen carpintero.

 

El hecho fundamental de su preparación profesional fue el practicantado (actual residencia) en el Hospital Policlínico, centro médico de una amplia zona de influencia. Allí se recibían los casos complicados de casi toda la provincia de Buenos Aires. En los dos años en que prácticamente vivió en el Hospital, Favaloro obtuvo un panorama general de todas las patologías y los tratamientos pero, sobre todo, aprendió a respetar a los enfermos, la mayoría de condición humilde. Como no quería desaprovechar la experiencia, con frecuencia permanecía en actividad durante 48 o 72 horas seguidas.

 

Todo hacía suponer que su futuro estaba allí, en el Hospital Policlínico, siguiendo los pasos de sus maestros. Casualmente, en 1949, apenas recibido, se produjo una vacante para médico auxiliar. Accedió al puesto en carácter interino y a los pocos meses lo llamaron para confirmarlo. Le pidieron que completara una tarjeta con sus datos; pero en el último renglón debía afirmar que aceptaba la doctrina del gobierno. El destino se ensañaba de manera incomprensible. Sus calificaciones eran mérito más que suficiente para obtener el puesto. Sin embargo, ese requisito resultaba humillante para alguien que, como él, había formado parte de movimientos universitarios que luchaban por mantener en nuestro país una línea democrática, de libertad y justicia, razón por la cual incluso había tenido que soportar la cárcel en alguna oportunidad. Poner la firma en esa tarjeta significaba traicionar todos sus principios. Contestó que lo pensaría, pero en realidad sabía con claridad cuál iba a ser la respuesta.